Su espacio preferido era una esquina de la cama de sus padres. Con los dedos moldeaba la sábana hasta darle forma y tridimensionalidad requerida por su mente. Cordilleras de montañas emergían de la nada, y ante ellas la inmensidad del resto del colchón, llanura interminable, pampa de sus solitarios juegos. A los primeros sonidos producidos por su boca aparecían naves imposibles, maquinarias del futuro, mecanos conducidos por una especie humana sin nombre, sin raza, sin rostro alguno. Las batallas entabladas en el espacio suspendido de su infantil creación duraban, quizá, lo que dura un fugaz recuerdo de amor perdido. Hasta que su madre, intrigada por aquellos efectos sonoros venidos de la recámara, interrumpía, sin querer, la guerra que el hijo libraba con su juguete predilecto: la imaginación.
La humanidad del futuro alcanzó un buen día al niño, transfigurado en adulto. ¿O fue él quien dio primero con ella? Las sábanas se convirtieron en pliegos de papel, lienzos y generosos muros. Ahora, en la soledad de la pampa creativa, una pregunta le duele en silencio mientras espera que desde lo alto una nave aparezca y se lo lleve a un mejor mundo posible porque, le parece que en éste, se requieren muchas cosas más que la imaginación para ganar todas las batallas, y además, su organismo no vivirá tanto para las revoluciones del porvenir.
Era un ritual magnífico, lleno de aromas, sonidos e imágenes inquietantes. Recorrer junto con su madre la vieja zona del mercado para llegar al local, donde le surtían de frescos y verdes higos era, para aquel infante, como entrar por la boca de un gigante y arrancarle un diente de oro. Luego, con el botín, desbordado de frutos en la reja de madera, se lanzaban en pos de un taxi, y de ahí, a casa. Cada joya era lavada con sumo cuidado por la mujer. Con cuchillo en mano dibujaba una línea sagital que cortaba casi en dos al diamante virgen. Reunidos todos en un enorme crisol de metal eran ahogados en agua azucarada, en un hervor que parecía no tener fin. El tiempo, ese desdichado tetrarca inventado por el hombre huía. Los caminos oscuros y amargos desaparecían, la casa se inundaba de un aroma infinito, inagotable. Aquella fragancia estaba en todas partes, en el piso, en las camas, en la comida, en los juegos vespertinos, en los atardeceres veraniegos. Qué olor tan dulce aquel, que algún día fue.
Pasaron los años, y aún, la madre, de vez en cuando elabora tan mágico festín, aunque en menor magnitud y cantidad. El niño, quien la giganta vida le ha arrancado varios dientes ya, apenas entendió, no hace mucho, que aquel ejemplo de entrega gracias a la transformación de la materia fue la herencia materna más importante, y el recuerdo, el refugio más dulce.
La madre del pequeño no lo podía creer cuando le pedía ir a misa los domingos. Rarezas de un niño de seis años, se decía. Esto le acrecentaba el orgullo materno que, ante la menor oportunidad, expresaba sin pudor. A mi hijo le gusta oír misa, escuchar la palabra del Señor, presumía. Ella sólo veía lo que quería ver, y explicaba únicamente lo que podía explicar. El Señor clavado en la cruz está ahí por nuestra culpa, dijo, cuando el pequeño le interrogó sobre su dramático estado. ¿Por nuestra culpa?, ¿pero qué hicimos? preguntó insistente. La mamá no respondió, y un silencio de atavismos clavó en su pueril mente una duda injusta y dolorosa. No obstante, y con semejante herencia conceptual a cuestas, el niño se entregaba a la grata experiencia del canto colectivo. Nada entendía de la monserga religiosa lanzada desde el escenario, y no importaba, él se conectaba intuitivamente con aquel ambiente que la música coral generaba. Y lo disfrutaba, al grado que cantaba al unísono, sin siquiera saber a ciencia cierta el significado de la prosa, cantaba a la par que todos, sin pena, con toda la ingenuidad que la niñez concede y permite.
Nunca comprendió la madre que aquellas visitas a la casa del Señor representarían para el pequeño sus primeras experiencias estéticas en el campo musical. Y qué bueno. El tipo con los años, y con la turbulenta energía que la adolescencia otorga, tocó la flauta dulce, y practicó durante doce meses el saxofón alto, con pentagrama por supuesto. Además, se deshizo de la pesada cruz de absurdos credos a golpes de preguntas, ironías y sarcasmos. Aquellos baquetazos se convirtieron, para bien o para mal, en su forma de vida. De la música sólo le queda el sueño de tener, algún día, un grupo de jazz.
A veces, un rabioso anhelo lo invade luego de tanto tiempo. Le gustaría ser niño de nuevo, e ir desmemoriado, desaprendido, y despreocupado a cantar, a cantar con todos más fuerte, más alto, y gritar, para que los administradores de la fe abandonen el templo despavoridos y dejen de mercar con la sombra que los siglos han dejado de eso, inexistente, que llaman Señor.
No hay soledad más dura que ir despierto en el camino mientras los demás duermen. Más duro es ver al compañero recibir parcelas de libertad por silencio y ceguera. Pero resisto al sueño, y mantengo la mirada fija a pesar de la noche.
Egresado de los Talleres Libres de Artes Plásticas, de la Universidad Veracruzana, en la ciudad y puerto de Veracruz. Ha desarrollado sus habilidades creativas en diferentes ámbitos de las artes visuales como el muralismo, pintura, dibujo, grabado, mail art, caricatura política e historieta, en muestras individuales y colectivas tanto a nivel nacional e internacional. En 1999 participa en la muestra Arte Postal, hacia el nuevo milenio, en el Museo de Filatelia, en Oaxaca, México. En 2000 expone en la muestra internacional de arte postal Por un milenio de vida: no a la pena de muerte, organizada por AUMA: Acción Urgente de Mail Art, y Amnistía Internacional, en el Tinglado del Centro de Estudios Marítimos y de Actividades del Puerto de Tarragona, España. Seleccionado en 2001 en la 3a. Bienal Internacional de mini-grabado Cluj.2001, en el Museo Internacional de Arte de Cluj Napoca, Rumania. En 2002 participa en la muestra Un Mundo Nuevo V, 126 artistas iberoamericanos dibujando un encuentro en el marco del V Ciclo de Arte Contemporáneo de La Rábida, en el Atrio del Muelle de las Carabelas de La Rábida, en Huelva, España. Mención honorífica en 2005 en la 3a. Competencia Internacional de Cartón LM en la ciudad de Nanjin, China. Fue parte de 19 finalistas de un total de 1805 caricaturistas de 79 países. Seleccionado en el 2006 para integrar la muestra colectiva El Sureste: su diversidad plástica, exposición realizada en el marco del Fondo Regional para la Cultura y las Artes Zona Sur, por la curadora Myriam Kaiser, y que recorrió los estados de Yucatán, Chiapas, Tabasco, Campeche, Veracruz y Quintana Roo.
Premio Nacional de Periodismo 2007, categoría Caricatura/Humor.
Lo aquí expuesto es resultado de la experimentación, que inició a principios del 2008, con herramientas derivadas de las nuevas tecnologías, photoshop principalmente, así como tableta digital.